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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Libro Complementario 

La gloría de Jesús 

Todavía toca los corazones 
Capítulo 5 

La maravilla de su obra 



En el mes de diciembre de 1989 los dirigentes de las dos superpotencias 
mundiales, Mijafl Gorbachov de la (entonces) Unión Soviética y George 
W. Bush de los Estados Unidos, se reunieron en la Isla de Malta, en el 
Mar Mediterráneo, para tratar asuntos bilaterales. Informando acerca 
del evento, un reportero de una cadena nacional de televisión captó mi atención 
y me dejó radiante de gozo. 

Como algunos lectores quizá recordarán, una horrenda tormenta, con olas de tres 
metros de altura, atacó aquella región, y ninguna de las superpotencias pudo detener 
los vientos y la lluvia. Como dijo el anunciador de la CBS, que yo cito casi literal- 
mente: "Fue una de aquellas tormentas mediterráneas que atacaron el barco donde 
viajaba el apóstol Pablo en el primer siglo cerca de la Isla de Malta, lo cual condujo 
al establecimiento del cristianismo en la isla". Expresada en el estilo de los reporte- 
ros de noticias, aquella frase sonó como música a mis oídos. 

Yo soy un fan de Jesús: lo admito, y me emociono cada vez que algo ocurre, espe- 
cialmente en un contexto secular, para rendirle alabanzas. ¿Quién hubiera imagina- 
do una mención del cristianismo en un programa noticioso de ese tipo? Lo que más 
me deleitó, creo yo, fue lo que aquella frase implicaba. Dado el contexto, ftie un re- 
conocimiento tácito de que en la Biblia tratamos, no con fábulas y ñcciones, sino 
con eventos reales, gente de verdad e historia auténtica. 

Y es en el mismo espíritu con que nosotros también deberíamos aproximarnos a la 
obra de Jesús en los Evangehos, marcada a cada paso con milagros y maravillas; 
ninguna realizada por su propio bien, sino por el bien de otros. 



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Abajo en el valle 



Tendemos a asociar las montañas con la planificación y los sueños, y los valles 
con el trabajo y la actividad: el lugar donde el sueño se encuentra con la reali- 
dad, como se dice. Y a juzgar por la forma como Mateo arregla los primeros 
capítulos de su libro, parece tener esa distinción en su mente. Porque en los 
capítulos 5-7 encontramos a Jesús en la ladera de la montaña hablando y ense- 
ñando, en un sentido, soñando acerca del reino. Pero abruptamente, cuando lle- 
gamos al capítulo 8, llega al valle, cavando en el surco de las necesidades del 
mundo. 

Cuando descendía de la montaña, dice Mateo (8:1), grandes multitudes lo si- 
guieron; y en esa multitud estaba alguien más necesitado que todos los demás. 
Un hombre leproso vino y se arrodilló delante de él para suplicarle: "Señor, si 
quieres, puedes limpiarme". Desafiando las normas aceptadas, Jesús se inclinó, 
lo tocó, y lo sanó (versículos 2, 3). 

Un centurión se aproximó. Su siervo estaba enfermo. ¿Podría Jesús ayudarlo? 
Él pudo. Y lo ayudó. Y el centurión volvió a su casa y encontró a su siervo sa- 
no (versículos 5-13). 

Luego llegan a la casa de Pedro, y encuentran que su suegra estaba enferma. 
Jesús la sanó. Ella preparó la cena. Era sábado de noche, ¡pero no había des- 
canso para él! Sin dejarlo descansar, la gente se reunió después de la puesta del 
sol: "Trajeron a él muchos endemoniados". Echó a los demonios con la palabra 
y sanó a todos los que estaban enfermos (versículos 14-16). 

Y así continúa en los capítulos 8 y 9, los acontecimientos se suceden unos a 
otros a velocidad máxima y Jesús está en el centro de control: calma la tempes- 
tad (8:23-27); el sanamiento de los endemoniados (8:28-34); la curación del pa- 
ralítico (9:1-8); la restauración de una mujer con hemorragia (9:20-22); la resu- 
rrección de una niña que había muerto (9:18, 19, 23-26); la sanidad de dos cie- 
gos y de un ciego sordomudo (9:27-33). Todo el registro presenta a Jesús como 
el mencionado en los registros antiguos, quien tomaría sobre sí nuestras enfer- 
medades (8:17; cf. Isaías 53:4). Al final de esta rápida descripción de las esce- 
nas introductorias del ministerio de Jesús, en un pasaje que siempre me con- 
mueve, Mateo nos da este emocionante resumen: "Recorría Jesús todas las ciu- 
dades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio 
del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las 
multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas 
como ovejas que no tienen pastor" (Mateo 9:35, 36). 

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Compasión e intensidad: estos dos elementos gemelos caracterizaron la misión de 
Jesús. Viajar con él era una experiencia con una serie de maravillas sin fin. La si- 
guiente selección es solo un ejemplo: 

1. Cuando rompieron el techo 

Usted está sentado en la última fila de asientos. El avión aterriza... tarde. Usted tiene 
una conexión muy pronto. Pero todos los que están irente a usted también están de 
pie y también tienen prisa por salir. Cuerpos, cuerpos en el pasillo: impenetrable 
como una pared. Frustración. 

Así se sentían los amigos del paralítico que querían acercarse a Jesús. Entrar por la 
puerta era imposible: había muchos cuerpos en el pasillo, todos tratando de acercarse 
más. Así que subieron al techo y bajaron al enfermo a la presencia de Jesús ¡Asom- 
broso! "Al ver Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: Hijo, tus pecados te son per- 
donados" (Marcos 2:5). 

Pero ellos no habían traído al hombre en busca de perdón, ¡por bueno y maravi- 
lloso que eso fuera! Salud física era lo que habían venido a buscar: ¡Por eso se 
habían tomado la molestia de abrir el techo! ¡Qué desilusión escucharle ofre- 
ciendo perdón en lugar de lo que habían venido a buscar! 

Pero Jesús, Maestro por excelencia como era, tenía importantes lecciones que 
transmitir a una audiencia que incluía algunos "escribas de la ley" (Marcos 
2:6). Y lo logró. "¿Por qué habla este así?", se preguntaron. "Blasfemias dice. 
¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?" (Marcos 2:7). 

Debemos admitir que era una excelente observación la que hicieron, y una ex- 
celente pregunta. Pero el punto que Jesús quena dejar aclarado era que, por es- 
candaloso que pudiera parecer, el Mesías ciertamente había llegado, y el Dios 
eterno estaba entre ellos. Y Jesús respondió a la pregunta que no habían expre- 
sado: aquí está la prueba que buscan: "¿Qué es más fácil, decir al paralítico: 
Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?" 

Hasta un niño habría contestado correctamente esta pregunta. Hablar es fácil, 
les dijo. Cualquiera que hable arameo podría haber pronunciado las palabras 
que acabo de pronunciar. Pero como evidencia de que mis palabras no son un 
hablar ocioso o blasfemo, y como prueba de que "el Hijo del hombre tiene po- 
testad en la tierra para perdonar pecados", fíjense en lo que voy a hacer... Y en 
ese momento, después de una breve pausa, dijo al paralítico: "A ti te digo: 
Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa" (Marcos 2:8-1 1). 



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Aquello dejó a todos mudos y asombrados. "Nunca hemos visto tal cosa", dije- 
ron (Marcos 6:12). 

2. Cuando le hizo frente a una pesadilla humana 

"Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal ma- 
nera que el ciego y mudo veía y hablaba" (Mateo 12:22). 

El hombre que vino a Jesús aquel día tenía tres problemas: no podía ver, no 
podía hablar, y estaba poseído por un demonio. Quizá sea difícil para nosotros 
imaginar lo que significaba estar poseído por un demonio. Pero cierre sus ojos 
y ponga un sello sobre sus labios; luego trate de imaginarse lo que es no poder 
ver ni hablar. ¡Es, algo tan terrible, como una pesadilla! Por supuesto, él podía 
hacer algo: podía escuchar, caminar, usar sus manos, etc. Pero no podía ver na- 
da, y no tenía voz para describir nada que escuchara. Y cualquier cosa que lo- 
grara hacer sería tergiversada inmediatamente por el demonio que lo poseía. 

Pero ahora que había conocido a Jesús podía ver y hablar. ¡Y el demonio había 
salido de él! Ahora podía decir las cosas que había estado escuchando en si- 
lencio toda su vida; ahora podía ver a las personas que le hablaban. Ahora 
podía ver los rostros de aquellos que habían sido bondadosos con él durante 
su vida triste y miserable. Ahora podía ver los pájaros cuyos cantos lo habían 
deleitado. Las flores, las cohnas, la lluvia y las nubes le sonreían ahora, en toda 
su maravillosa belleza. ¡Estamos hablando de una nueva vida! Era un símbolo 
de todo lo que Jesús quiere hacer por cada uno de nosotros, ciegos e incapaci- 
tados por la tragedia del pecado. 

3. El día que curó una mano seca 

"7 mirándolos a todos alrededor, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él lo 
hizo así, y su mano fue restaurada" (Lucas 6:10). 

Recuerdo bien el marco de aquel incidente: Muy temprano por la mañana en el 
Hotel Hilton del centro de Toronto, Canadá. Yo había estado leyendo Lucas 6, 
llegué al versículo 1 1 , y la historia que termina en ese punto no me permitió se- 
guir adelante (véanse versículos 6-11). Lo que me impresionó aquel día fue la 
profundidad de la malicia manifestada por los fariseos y los maestros de la ley. 

Allí estaba aquel hombre en la sinagoga con una mano seca. ¿Durante cuánto 
tiempo había estado sufriendo a causa de aquel problema? No se nos informa 
nada al respecto en los Evangelios. Pero era claro que los fariseos no solo no 
podían curarlo (algo que seguramente jamás había pasado por sus mentes), 
sino que no les importaba absolutamente nada el sufrimiento de aquel hom- 
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bre. Aquella mañana lo único que les importaba era usarlo como anzuelo o co- 
mo carnada. Habían estado reuniendo evidencias contra Jesús, y este inválido les 
ayudaría en su propósito. "Así que le acechaban los escribas y los fariseos [a 
Jesús], para ver si en el día de reposo lo sanaría" (Lucas 6:7). 

Pienso que lo que me impresionó aquel día en Toronto fue la absoluta falta 
de compasión, la completa ausencia de misericordia, de aquellos dirigentes re- 
ligiosos. No se avergonzaban (ni al menos sintieron un poco de pena) de que 
ellos no habían podido sanar a aquella alma infortunada durante los años, 
quizá décadas, que la habían conocido; no sentían ningún rubor al encontrarlo 
sufriendo año tras año. Lo único que les importaba aquella mañana era en- 
trampar a Jesús. 

¡Cuan bien conocían a Jesús: compasivo Salvador! ¡Cuan bien comprendían 
que él no soportaba ver sufrir a la gente! Estando Jesús y el enfermo en el mis- 
mo lugar, sabían que lo pescarían en el mismo acto: ¡de misericordia! 

Pero aunque esa hubiera sido la intención original, ¿no era posible que experi- 
mentaran un cambio de corazón ante aquel portentoso milagro en el momento 
en que ocurriera? De acuerdo con el texto, cuando el hombre extendió su ma- 
no, la vieron "restaurada". Y en vez de expresar "aleluyas" y "gritos de alaban- 
za", más bien "se llenaron de furor, y hablaban entre sí qué podrían hacer con- 
tra Jesús" (Lucas 6:11). Mateo dice que "salidos los fariseos tuvieron consejo 
contra Jesús para destruirle" (Mateo 12:14). 

¡Esto muestra lo que ocurre cuando estamos completamente cegados por nues- 
tros prejuicios cultivados! ¿Cómo podríamos ser culpables hoy de esta misma 
malicia voluntaria? 

4. La noche que le curó la oreja a un hombre 

Enviados por los principales sacerdotes y los ancianos, llegaron aquella noche 
al Getsemaní armados con espadas y palos. Pero cuando arrestaron a Jesús, 
Pedro, cegado por la ira, intentó cortarle el cuello a un siervo del sumo sacerdote, 
pero falló el tajo, y únicamente logró cortarle una oreja (véase Lucas 22:49-51). 

El comentario de Lucas referente a la respuesta de Jesús a aquel incidente es bre- 
ve y al punto: "Tocando su oreja, le sanó". 

Trato de imaginarme el dolor y el shock que se debe sentir si le cortan a uno la 
oreja; el grito de sorpresa de los que estaban cerca; la sangre que comenzó a 
correr; la conmoción; la confusión. Pero Jesús, viniendo al rescate, simplemen- 
te se soltó las manos que ya estaban atadas, recogió la oreja del suelo (imagíne- 

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lo), y la puso en su lugar otra vez; tan fácil, como cuando uno pone un libro 
caído en el librero otra vez. 

¡Imagínese! 

¿Qué ideas pasaron por la mente de aquel siervo? ¿Qué emociones? ¿Qué pen- 
saba de Jesús ahora? ¿Siguió pensando que era su trabajo aprehender a Jesús? 
¿Siguió participando en el arresto de esta persona de quien había recibido un 
favor y una ayuda tan grandes? ¿Y cuál fue el efecto en aquellos que lo rodea- 
ban? ¿Por qué no se detuvieron inmediatamente? ¿Por qué no fue este milagro 
una razón para detener su misión y abandonar el propósito por el cual habían 
venido? ¿Por qué no quedaron mudos y petrificados de asombro? 

Y el hombre aquel, ¿qué historia contó cuando volvió a su casa después de este 
extraordinario acontecimiento? ¿Cómo le explicó a su esposa su nuevo interés 
en sus orejas? ¿Qué efecto duradero tuvo este incidente sobre él? ¿Llegó a ser 
con el tiempo seguidor de Jesús? 

¿Qué historias revelará la eternidad de la influencia final y definitiva que tuvo 
este acto de Jesús? 

5. La ocasión en que resucitó a un hombre que ya tenía cuatro días 
muerto y sepultado 

Quizá la resurrección de Lázaro (Juan 1 1 ) fue el milagro cumbre del ministerio 
púbhco de Jesús, y ocurrió en Betania, a la misma sombra de Jerusalén (que es- 
taba a solo tres kilómetros de distancia), la cuna de la oposición al Salvador. 
Jesús recibió noticias de la enfermedad de Lázaro y voluntariamente retardó su 
arribo, llegando finalmente a la escena cuatro días después de la muerte de su 
amigo. Marta, la hermana de Lázaro, protestó, cuando Jesús ordenó quitar la 
piedra que cubría la entrada del sepulcro. ¡No, dijo Marta, para esta hora ya 
hiede, después de todo, ya han pasado cuatro días! 

Pero Jesús insistió. Y la piedra fue removida. Y luego el dramático llamamien- 
to: "¡Lázaro, ven fuera!" (versículo 43). "Y el que había muerto salió, atadas las 
manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario" (versículo 44). 
Luego vienen las palabras finales de Jesús: "Desatadle y dejadle ir" (versículo 

44). 

Leemos el relato de este evento y la familiaridad ya ha hecho su obra. Nuestro 
pulso no se acelera, nuestros corazones no laten más aprisa, no altera la emo- 
ción nuestra voz. Pero en aquellos raros momentos en que tomamos tiempo pa- 
ra reflexionar profundamente reconocemos que aquel fue un hecho verdadera- 

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mente asombroso, sin precedentes en el registro bíblico. ¡Imagine el rumor que 
suscitó este fantástico acontecimiento! ¡Imagine el asombro en la región cir- 
cundante! La gente vino, seguramente, de cerca y de lejos, para ver al hombre 
maravilla: ¡El que había estado muerto y ahora vivía otra vez! 

De acuerdo con el texto, "muchos de los judíos que habían venido para acom- 
pañar a María, y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él". Pero también dice 
que "algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había 
hecho" (Juan 11:45, 46). 

¿De modo que, cuál sería la reacción de estos dirigentes judíos? ¿Asombro? 
¿Maravillados por el gran poder de Dios? En lo absoluto. Lejos de llenarse de 
asombro, "reunieron el conciho". "¿Qué haremos?", dijeron, "porque este hom- 
bre hace muchas señales. Si le dejamos así todos creerán en él; y vendrán los 
romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación" (Juan 1 1 :47, 48). 

¡Increíble! ¿Qué otro ejemplo nos da la historia de una dureza de corazón tan 
grande? ¿Qué palabra existe en el idioma español que pueda describir ade- 
cuadamente tal dureza de corazón? Es una intransigencia crónica. Es prejuicio 
del más elevado calibre: ciego y fuera de control. 

Luego, cuando uno pensaba que ya no podía ocurrir nada peor, ocurrió. Jesús 
fue a Betania a participar en una comida que hicieron en su honor. Muchas per- 
sonas, aprovechando la ocasión, se presentaron en la aldea: "No solamente por 
causa de Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien había resucitado de 
los muertos" (Juan 12:9). Y entonces aquí se produce lo increíble: "Pero los 
principales sacerdotes acordaron dar muerte también a Lázaro, porque a causa 
de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús" (Juan 12: 10, 1 1). 

¡Ya no podemos asombrarnos más, nuestras bocas quedan mudas de asombro! 

El hombre maravilla 

Toda una serie de otros actos espectaculares de Jesús merecería ser analizada 
aquí, pero el espacio no lo permite. ¡La merienda de un muchacho se multipli- 
ca misteriosamente en las manos de Jesús y alcanza para alimentar una ham- 
brienta multitud! (Juan 6:5-13). Como se había quedado en la otra orilla del la- 
go, Jesús se reúne con sus seguidores a medianoche ¡caminando sobre el 
agua! (Juan 6: 16-20). Cuando un recaudador de impuestos lo visita, un Sal- 
vador empobrecido financieramente envía a Pedro a pescar para recibir ayuda: 
"Ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la 
boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí v por ti" (Mateo 17:27). 

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Las palabras humanas no pueden captar la majestad y el poder de este ministe- 
rio asombroso. Al describir el tropel de gente que vino a escuchar el Sermón del 
Monte que pronunció Jesús, Lucas nos da algo de la composición y motiva- 
ción de aquella multitud que se reunió para escuchar al Salvador: "Una gran 
multitud de gente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón" 
(Lucas 6:17; cf. versículos 12-16). ¿Y por qué habían venido? "Para oírle, y para 
ser sanados de sus enfermedades [...]. Porque poder salía de él y sanaba a to- 
dos" (Lucas 6:19). 

Cuando Mateo describió una escena similar, dijo: "Y se le acercó mucha gente 
que traía consigo a cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y 
los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó. De manera que la multitud se mara- 
villaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y 
los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel" (Mateo 15:30, 31). 

¡Eso es poder! 

Dijo Elena G. de White: "Había aldeas enteras donde no se oía un solo gemido 
de dolor en casa alguna, porque él había pasado por ellas y sanado a todos sus 
enfermos". ' 

Lo que deberíamos aprender 

¿Es suficiente que nos deleitemos hablando de lo que Jesús hizo, sin referirnos a 
nuestra propia obra, nuestra propia misión? 

Jesús dijo que esperaba que su iglesia hiciera mayores cosas: "De cierto, de cierto 
os digo", dice en Juan 14:12: "El que en mí cree, las obras que yo hago, él las 
hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre". Y en realidad, 
cuando envió a sus discípulos a cumplir la misión, sus órdenes de marcha se re- 
lacionaban con las cosas que él mismo había estado haciendo: "Y yendo, predi- 
cad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad le- 
prosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de 
gracia" (Mateo 10:7, 8). 

Y lo que vemos en todo el libro de los Hechos es la continuación de las ma- 
ravillosas obras de Jesús, comenzando con el sana-miento del cojo de naci- 
miento realizado por Pedro y Juan en el templo (Hechos 3:1-10). "Mientras ex- 
tiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios", suplicó 
Pedro, "mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús" (Hechos 4:30). Y Dios hizo 
exactamente eso. Lucas informa que "por la mano de los apóstoles se hacían 

' Elena G. de White, £/ camino a Cristo, p. 17. 

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muchas señales y prodigios en el pueblo [...]. Tanto que sacaban los enfermos a 
las calles, y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su 
sombra cayese sobre alguno de ellos. Y aun de las ciudades vecinas muchos ven- 
ían a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y to- 
dos eran sanados" (Hechos 5:12, 15, 16). 

¿Estamos contentos de predicar acerca de estos eventos diciendo que señalan el 
poder de Dios hace mucho tiempo, pero que no tienen ninguna relación con la 
iglesia en la actualidad? Como todos ustedes, yo sé que nuestra fe no debe ba- 
sarse en milagros. Juan el Bautista, a quien Jesús describió como el mayor de to- 
dos los profetas, "ninguna señal hizo" (Juan 10:41). También sabemos que Pa- 
blo, que tuvo el privilegio de ver "milagros extraordinarios" realizados por 
medio de él, cuando algunos paños o delantales de su cuerpo, tocaban a los 
enfermos (Hechos 19:11, 12); sin embargo, dejó a Trófimo "enfermo en Mile- 
to" (2 Timoteo 4:20). 

Estas excepciones disminuyen el contraste de nuestra comparativa falta de poder 
en la actualidad. 

Sin embargo, persiste la mortificadora impresión que se niega a dejarnos total- 
mente: la sensación de que Dios espera más de nosotros. Yo siento esto en 
forma más aguda cuando afronto situaciones de enfermedades y traumas que 
casi literalmente me rompen el corazón. "Es la voluntad de Dios", decimos, 
como último recurso, a pesar de que Jesús tuvo un ciento por ciento de éxito en 
sus oraciones pidiendo sanidad para otros. ¿Cómo explicamos que él nunca 
tuvo necesidad de invocar "la voluntad de Dios" para exphcar por qué cierta sani- 
dad no se había producido? ¿Cómo exphcamos que todos y cada uno de los casos 
que atendió tuvieron éxito? Yo pienso mucho en todo esto. 

Tengo la sensación de que Dios ha prometido poder a sus seguidores hasta el fin del 
tiempo. Dijo Elena G. de White: "La gran obra de evangehzación no terminará con 
menor manifestación del poder divino que la que señaló el principio de ella [...]. Mi- 
les de voces predicarán el mensaje por toda la tierra. Se reahzarán milagros, los en- 
fermos sanarán y signos y prodigios seguirán a los creyentes". ^ 

¡Ansio ardientemente verlo! 



Elena G. de White, El conflicto de los siglos, pp. 669, 670. 

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